Autismo y Vacunas: Desmontando un Mito Persistente

El trastorno del espectro autista (TEA), según el DSM-V, es una alteración del desarrollo neurológico y el funcionamiento cerebral, que produce dificultades principalmente en la interacción social, déficits en el lenguaje, comportamientos restringidos y repetitivos, y problemas de flexibilidad del pensamiento y la conducta. Las causas de este trastorno son mayoritariamente genéticas, estimándose una heredabilidad del 80%, aunque factores ambientales como la salud de la madre o la edad de los padres también pueden influir en su aparición. A pesar de los avances en la investigación, una de las creencias más dañinas y persistentes ha sido la supuesta relación entre el autismo y las vacunas, especialmente la vacuna triple vírica (sarampión, rubéola y parotiditis).

Este mito, ampliamente desacreditado, no solo ha generado desconfianza hacia la vacunación, sino que también ha estigmatizado a las familias y a las personas con autismo. Comprender por qué persiste y cómo se difunde nos permite analizar el papel de la desinformación y de sesgos cognitivos como el efecto Dunning-Kruger.

La controversia comenzó en 1999, cuando Andrew Wakefield publicó un artículo en The Lancet en el que relacionaba la vacuna triple vírica con casos de autismo y problemas intestinales en doce niños. Posteriores investigaciones demostraron que el estudio contenía errores metodológicos graves y conflictos de interés, motivo por el cual fue refutado en 2004 y retirado posteriormente en 2010. Como consecuencia, Wakefield perdió su licencia médica. A pesar de ello, la hipótesis caló en la opinión pública y dio fuerza al movimiento antivacunas, las tasas de vacunación disminuyeron y se registraron rebrotes de sarampión en Reino Unido y Estados Unidos, lo que evidencia cómo la desinformación puede tener repercusiones directas en la salud pública.

Figuras influyentes han reforzado la difusión de esta idea. En 2016, el actor Robert De Niro intentó incluir en el Festival de Cine de Tribeca el documental “Vaxxed: From Cover-Up to Catastrophe”, dirigido por el propio Wakefield. Un año más tarde, apoyó a Robert F. Kennedy Jr. en una campaña que ofrecía 100.000 dólares a quien pudiera demostrar la seguridad de las vacunas. De Niro, padre de un hijo con diagnóstico de TEA, expresó sus dudas públicamente, lo que dio aún más visibilidad al mito, a pesar de que la evidencia científica ya había confirmado que no existe relación entre vacunas y autismo (Autismo Madrid, s.f.; ADN Institut, s.f.).

Actualmente, la investigación señala que el TEA tiene un fuerte componente genético, con posibles influencias ambientales, pero no existe evidencia que relacione la vacunación con su aparición. Instituciones internacionales de referencia, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), han reiterado que las vacunas son seguras y fundamentales para la prevención de enfermedades graves (OMS, 2025). En Dinamarca se han realizado dos de los estudios más relevantes; en el primero, de Madsen y colaboradores, participaron más de 500.000 niños y se demostró que el autismo era igual de frecuente en los vacunados y no vacunados. En el segundo, realizado por Hviid y colaboradores y publicado en abril de 2019, se evaluó la relación entre la administración de la vacuna triple vírica y el desarrollo de autismo en más de 650.000 niños daneses nacidos entre 1999 y 2010. Tras un periodo de seguimiento de al menos 12 años se demostró que la vacunación no aumentaba el riesgo de desarrollo de autismo.

Estos hallazgos han sido replicados en otros países, siempre con la misma conclusión: las vacunas no provocan autismo. En Reino Unido, Smeeth y colaboradores (2004) llevaron a cabo un estudio de casos y controles con más de 1.200 niños, llegando al mismo resultado. En Japón, Uchiyama et al. (2007) analizaron el autismo tras la retirada de la vacuna triple vírica y confirmaron que la incidencia del TEA seguía aumentando, lo que refuerza la idea de que no existe relación causal. En Estados Unidos, Jain et al. (2015) demostraron que ni siquiera en niños con hermanos autistas había mayor riesgo si recibían la vacuna. Finalmente, un metaanálisis de Taylor et al. (2014), que revisó más de un millón de casos, concluyó de forma contundente que no existe vínculo alguno.

Tras demostrarse que la vacuna triple vírica no era la causante del autismo, algunas personas contrarias a la vacunación sugirieron que el conservante tiomersal (que contiene una pequeña cantidad de mercurio en forma de etilmercurio), podría estar relacionado con el autismo. Sin embargo, el etilmercurio no se acumula en el cuerpo y no tiene efectos tóxicos y tampoco produce autismo. Hay multitud de estudios que demuestran que la dosis usada de tiomersal en las vacunas no produce reacciones adversas en los niños, salvo posibles pequeñas reacciones locales en la zona de inyección. Por lo tanto, la evidencia científica es clara: el tiomersal tampoco produce autismo ni otras enfermedades graves, y en la actualidad incluso ha sido eliminado o reducido en la mayoría de las vacunas infantiles por precaución (Ministerio de Sanidad, 2024; Tuells et al., 2020). El Institute of Medicine (2011) y los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) también han revisado la evidencia disponible y coinciden en que no existe asociación entre tiomersal y autismo.

Para entender por qué esta creencia aún circula, resulta útil recurrir al papel del efecto Dunning-Kruger (el cual se ha mencionado antes) en la difusión de este mito, un sesgo cognitivo descrito en 1999. Este fenómeno, del cual habla la psicóloga Montserrat Guerra en Onda Cero Cantabria, explica cómo las personas con poco conocimiento en un área tienden a sobrestimar su nivel de comprensión y a opinar con gran seguridad, mientras que quienes tienen más preparación suelen ser más cautos.

Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, muchas personas sin formación en epidemiología difundieron teorías falsas con gran convicción, un patrón similar al observado en el debate sobre vacunas y autismo. En la era digital, las redes sociales amplifican estas voces, otorgando visibilidad y aparente credibilidad a discursos sin fundamento científico.

El mito que vincula el autismo con las vacunas es un ejemplo claro de cómo la desinformación puede impactar en la salud pública y en la percepción social de una condición del neurodesarrollo. Aunque la ciencia ha cerrado este debate hace años, la combinación de figuras mediáticas, redes sociales y sesgos cognitivos explica su persistencia. Persistir en esta falsa relación no solo es un error científico, sino también una forma de invisibilizar las verdaderas necesidades de apoyo de las personas autistas y sus familias, desviando la atención de políticas públicas y recursos que sí pueden mejorar su calidad de vida.

Combatir estas creencias requiere educación científica, pensamiento crítico y acceso a fuentes fiables. Las vacunas son seguras y salvan vidas; el autismo no está causado por ellas. Reconocer lo que no sabemos —como nos recuerda el efecto Dunning-Kruger— es un paso clave hacia decisiones más responsables y basadas en evidencia.

Paola Ávila Roldán

Psicóloga clínica

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